Decidí…

Buda dice “no hay camino hacia la felicidad, la felicidad es el camino”.  Y es esa decisión la que debe estar en cada uno de nosotros, porque únicamente nosotros tenemos el poder de cambiar el rumbo de nuestros pensamientos y por tanto de nuestra actitud y acciones.

“Somos lo que pensamos”.  Esta es otra buena afirmación, sobre todo desde que se ha descubierto que literalmente nuestros pensamientos traspasan la fina capa del córtex cerebral donde el cerebro delimita lo que es fantasía a lo que es real, dándole una respuesta física.  De ahí toda la sintomatología del cuerpo provocada por “enfermedades emocionales”.

Walt Disney explica a continuación de manera fantástica este hecho, el tomar la decisión de ser feliz, de que no se me arruine el día a pesar de los imprevistos u opiniones de otros, de tomar mis propias decisiones y responsabilizarme de ellas, de hacer las cosas bien porque no hay otra manera de hacerlas, el ser solidario en la sombra y sentirse plenamente satisfecho por ello y otras mil pequeñas cosas que nos hacen sentir bien día a día porque tomamos la felicidad como senda.

Espero que este texto os conmueva tanto como a mí. Un abrazo,

Diana Llapart

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“Y así, después de esperar tanto, un día como cualquier otro… ¡decidí triunfar!

Decidí no esperar a las oportunidades sino yo mismo buscarlas; decidí ver cada problema como la oportunidad de encontrar una solución; decidí ver cada desierto como la oportunidad de encontrar un oasis; decidí ver cada noche como un misterio a resolver; decidí ver cada día como una nueva oportunidad de ser feliz.

Aquel día descubrí que mi único rival no eran más que mis propias debilidades, y que en éstas está la única y mejor forma de superarnos; aquel día dejé de temer a perder y empecé a temer a no ganar.

Descubrí que no era yo el mejor y que quizá nunca lo fui, me dejó de importar quién ganara o perdiera…. ahora me importa simplemente saberme mejor que ayer.

Aprendí que lo difícil no es llegar a la cima, sino jamás dejar de subir.

Aprendí que el mejor triunfo que puedo tener, es tener el derecho de llamar a alguien “Amigo”.

Descubrí que el amor es más que un simple estado de enamoramiento… el amor es una filosofía de vida.

Aquel día dejé de ser un reflejo de mis escasos triunfos pasados y empecé a ser mi propia tenue luz de este presente; aprendí que de nada sirve ser luz si no vas a iluminar el camino de los demás.

Aquel día decidí cambiar tantas cosas… aquel día aprendí que los sueños son solamente para hacerse realidad…

Desde aquel día ya no duermo para descansar… ahora simplemente duermo para soñar.

Walt Disney

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El secreto de la felicidad: la sinceridad

A menudo digo a mis amigos y alumnos que uno de los grandes problemas hoy en día es que no sabemos lo que queremos, se nos ha olvidado soñar y hemos perdido la ilusión por conseguir nuestros deseos de cuando éramos niños.  Podemos decir que hay mil factores que influyen, pero lo que es bien cierto es que es mucho más cómodo no pensar en qué queremos y echarle la culpa a las circunstancias o a cualquier desaprensivo que haya tenido la mala fortuna de cruzarse en nuestro camino.

Profundizando un poquito más consigo (entre otras cosas por mi cabezonería, no creáis que es por otra virtud…) hacer pensar a la gente y que lleguen a la conclusión de que lo que realmente quieren es ser feliz.  Evidentemente es una idea muy general que engloba todos los aspectos de la vida, pero me vale, es un gran principio…y un gran reto.

Y como el tema de los retos me van (una vez más mi cabezonería) me planteo a menudo no sólo el camino que debemos escoger para llegar a esa felicidad, si no el camino que no debemos tomar bajo ningún concepto.  Entonces es cuando llego a la siguiente conclusión: la única forma de ser plenamente felices es ser sinceros con nosotros mismos.

Esperad, esperad…voy a repetirlo porque esto es muy grande:

La única forma de ser plenamente felices es ser SINCEROS CON NOSOTROS MISMOS.

Qué…¿da que pensar, verdad?

Hasta aquí bien, tenemos el problema, pero…¿cómo hago para solucionarlo? Es simple: tomando la responsabilidad de nuestras decisiones.

Hace algún tiempo me topé con un gran principio que cambió de forma absoluta mi forma de pensar, se trata del principio 90/10.  Este principio explica que el 10% de lo que ocurre a nuestro alrededor es incontrolable (que se vaya la luz, que llueva, que alguien me tire un café en mi camisa recién estrenada…) en contrapartida, sí podemos controlar cómo reaccionamos nosotros a ese 10%.  Esa reacción (en el caso de que hagamos exactamente eso, reaccionar sin pensar) o respuesta (en el caso que actuemos con control de la situación) representa el 90% restante y determinará cómo será el resto de nuestro día, bueno o malo.

Si algo enseña este principio de forma contundente, es que los únicos responsables de aquello que nos pasa somos nosotros mismos, nadie más.  Aquello de que mi vecino me ha hecho enfadar es tan falso como que la tierra es cuadrada; soy yo quien permito que otro me haga enfadar.  Tan solo es cuestión de asumir esa responsabilidad.

Y una vez asumido lo anterior, llegamos al segundo punto para tener éxito en la sinceridad con nosotros mismos: tomar la responsabilidad de nuestras propias decisiones, algo que difícilmente hacemos.

Si yo tomo la decisión de hacer algo que tan solo me beneficie a mí en detrimento de los que me rodean, aunque sea todo un colectivo, tengo que ser responsable de las consecuencias que me reportará eso y no echarle la culpa a todo el resto por no seguirme el juego.

Pero lo cierto es que normalmente no actuamos así.  Si alguien osa a llevarnos la contraria porque no está de acuerdo con lo que pensamos o hacemos, guardamos una flecha envenenada para poder lanzarla en el momento más adecuado como crítica destructiva.  Eso sí, después daremos un discurso magnífico para convencer a todos y sobre todo a nosotros mismos, que nuestra acción (que no se sostiene por ningún lado) es la correcta.

¿Pero sabéis qué? Puedo ser el mejor político convenciendo a diestro y siniestro a todos los que me rodean que mi verdad es la real, pero siempre habrá una persona a la que jamás podré engañar por mucho que quiera acallar su voz: a mí mismo.

El meterse en la cama al final del día y que esa vocecita dentro nuestro nos diga hoy lo has hecho bien, es el regalo diario de la sinceridad con uno mismo, la paz interior y la certeza que caminamos por la senda de la felicidad.

Y a todos los que habéis llegado hasta aquí leyendo, os pido hacer una reflexión de este último párrafo, releedlo y ser realmente sinceros de si cuando estáis en calma y revisáis todo lo que habéis hecho durante el día, podéis decir sin ningún atisbo de duda, hoy lo he hecho bien.

A todos los que sí, mis felicitaciones más sinceras, con personas como vosotros es como se cambia el mundo.

Diana Llapart

www.amth.es

 

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Fuerza, el poder interior

- Disculpe, creo que es la persona que debería hablar de ella- dijo aquel señor.

- ¿Yo?, lo siento pero no puedo, ahora no puedo. Yo ya le dije a ella lo que le quería decir- contesté yo.

- De acuerdo, entonces digame, ¿que palabra la definiría?

-Sin duda era una persona muy fuerte- dije yo, sin dudar un instante.

Admiramos a las personas por una o varias cualidades, por ser fuerte, por su seguridad, por su positivismo, por hablar muy bien, por ser generoso,….., que cada uno analice a quién admira y porqué.

Y una vez hecho esto descubramos qué cualidades tenemos nosotros ya que a veces estamos tan pendientes del exterior que olvidamos nuestro interior.

El día que pronuncié las palabras del texto inicial, me dí cuenta de la importancia de descubrir nuestro interior. Cuando empezamos a descubrirlo nos dirijimos al exterior de otra forma.

Lo que somos lucha por manifestarse hacia el exterior, el problema muchas veces es que el exterior es más grande y poderoso, entonces lo que somos se hace muy, muy pequeño.

Es un gran reto constante escuchar a ese pequeño interior, pero una vez le damos su espacio, nuestro interior crece y llega a manifestarse de tal forma hacia afuera que se convierte en esa palabra que algún día alguien pronunciará cuando hable sobre nosotros.

Sólo algo que está en nuestro interior tiene la fuerza necesaria para llegar al exterior y convertirse en una sola palabra que defina perfectamente lo que somos.

Os dejo este cuento que es un tesoro.

Un beso,

Olga Perona

Un leñador estaba en el bosque talando árboles para aprovechar su madera, aunque ésta no era de óptima calidad.

Entonces vino hacia él un anacoreta y le dijo:

- Buen hombre, sigue hacia dentro.

Al día siguiente, cuando el sol comenzaba a despejar la bruma matutina, el leñador se disponía para emprender la dura labor de la jornada. Recordó el consejo que el día anterior le había dado el anacoreta y decidió penetrar más en el bosque. Descubrió entonces un macizo de árboles espléndidos de madera de sándalo. Esta madera es la más valiosa de todas, destacando por su especial aroma.

Transcurrieron algunos días. El leñador volvió a recordar la sugerencia del anacoreta y determinó penetrar aún más en el bosque. Así pudo encontrar una mina de plata. Este fabuloso descubrimiento le hizo muy rico en pocos meses.

Pero el que fuera leñador seguía manteniendo muy vivas las palabras del anacoreta: “Sigue hacia dentro”, por lo que un día todavía se introdujo más en el bosque. Fue de este modo como halló ahora una mina de oro y se hizo un hombre excepcionalmente rico.

Maestro: “Sigue hacia dentro”, hacia tu interior hacia la fuente de tu Sabiduría. ¿Puede haber mayor riqueza que ésta?

101 cuentos clásicos de la India – Ramiro A. Calle

 

 

 

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La verdad es una, nuestra forma de verla no

La verdad es una, este es un hecho tan cierto como que cada día sale el sol (al menos de momento!).  Y si esto es así de simple…¿por qué hay tantos puntos de vista diferentes?

Según mi opinión hay varios factores que alimentan esa acción, pero el principal es que cada uno de nosotros se cree poseedor de la verdad y no solo de una verdad a medias, no, no…de la verdad absoluta  (vuelve a visitarnos nuestro amigo el ego, que está muy visto…pero no deja de ser real)

Os pondré un ejemplo de cómo lo veo yo:

Imaginad una botella gigante en medio de una sala, en la que dentro se haya metido un objeto cualquiera (da lo mismo, cualquiera nos vale).  Imaginad un sinfín de observadores que miran la botella desde ángulos distintos.  Según la posición la distorsión del vidrio será distinta y variará el contenido, el color que nuestros ojos perciban de la botella, también variará el contenido, y así podríamos ver diferencias hasta cansarnos.  El resultado será que cada uno de los observadores observará un objeto completamente diferente de su vecino y además querrá tener razón y convencer a quien sea que eso que ve es lo real.

Lo cierto es que sin datos adicionales como pueden ser el grosor del vidrio, la intensidad de la luz, el ángulo de observación, la refracción del cristal, su longitud de onda y muchas medidas más, no se podría hacer una observación completamente precisa de lo que alberga la botella en cuestión.

Es lógico ¿no? Hasta aquí todos lo entendemos.

Pues malas noticias, porque observar y opinar con un mínimo de datos es nuestra especialidad.  El siguiente paso a esta observación bajo mínimos es la crítica y el enjuiciamiento.  Y el resultado de todo ese berenjenal de información poco contrastada es…nuestra verdad absoluta.

Señores (y señoras)…las cosas nunca son lo que parecen, nunca.  Siempre hay una historia detrás, que si nos molestáramos en conocer, haría cambiar nuestra forma de ver las cosas y entender que cada uno tiene su forma de hacer.  Y eso es lo que realmente debemos asumir, aceptar al otro como es…no como nosotros queremos que sea.

Os dejo una gran historia que explica muy gráficamente mi planteamiento de hoy.  Espero que os guste.

Un abrazo,

Diana Llapart

Grupo AMTH

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Un jinete vio que un escorpión venenoso se introducía por la garganta de un hombre que dormía tumbado en el camino. El jinete bajó de su cabalgadura y con el látigo despertó al hombre dormido a la vez que le obligaba a comer unos excrementos que había en el suelo. Mientras, el hombre chillaba de dolor y asco:

“¿Por qué me haces esto?” “¿Qué te he hecho yo?”

El jinete continuaba azotándolo y obligándole a comer los excrementos. Instantes después, aquel hombre vomitó arrojando el contenido del estómago con el escorpión incluido. Comprendiendo lo sucedido agradeció al jinete el haberle salvado la vida, y después de besarle la mano, insistió repetidamente en entregarle su humilde sortija como muestra de gratitud, al despedirse preguntó:

“Pero, ¿por qué sencillamente no me despertaste? ¿por qué razón tuviste que usar el látigo?”

“Había que actuar rápidamente” -respondió el jinete-

“Si sólo te hubiese despertado, no me habrías creído, te habrías paralizado por el miedo, o habrías escapado. Además, de modo alguno, hubiese tomado los excrementos, y el dolor de los azotes provocaba que te convulsionases, evitando que el escorpión te picara”.

Dicho lo cual, partió al galope hacia su destino.

No lejos de allí, dos hombres de una aldea vecina habían sido testigos del episodio, cuando regresaron juntos a sus paisanos, narraron lo siguiente:

“Amigos, hemos sido testigos de unos hechos muy tristes que revelan la maldad de algunos hombres. Un pobre labrador dormía plácidamente la siesta a la vera de un camino, cuando un orgulloso jinete entendió que obstaculizaba su paso, se bajó de su caballo y con el látigo comenzó a azotarlo por tan mínima falta. No contento con eso, le obligó a comer excrementos hasta vomitar, le exigió que le besara la mano y además le robó una sortija. Pero no os preocupéis, a la vuelta de un recodo hemos esperado al arrogante jinete y le hemos propinado una buena paliza por su deplorable acción”.

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Uno tras otro y otro….

De vez en cuando mi mente genera un pensamiento tras otro y otro y otro….., entonces llega un momento en que el control sobre cada uno de ellos no es posible.

Además de generarse a la vez y desordenadamente tienen la gran habilidad de proyectarse hacia el futuro, como si ellos tuvieran la respuesta (que algunos esperan) de qué pasará mañana.

Esos pensamientos son desordenados y “videntes” y normalmente se construyen sobre la negatividad y el miedo. Y entonces mi mente pierde la atención en lo interesante y entra en la preocupación.

La mente se va estrechando sobre ese remolino de pensamientos y empieza a limitar nuestros movimientos y nos paramos ante un semáforo en rojo.

Y ahí estamos frente al semáforo, pero existe un momento en que la luz pasa a verde y entonces aparecen 2 opciones: centrar nuestra mente en ese cambio de color y dejar el semáforo atrás o seguir dentro del remolino que llega a bloquear nuestra visión y ni vemos que el semáforo ya está verde.

Que veamos ese cambio en el semáforo sólo dependerá de cambiar ese movimiento dentro de nuestra cabeza por un movimiento que nos permita dejar el semáforo atrás, parar los pensamientos para observar y empezar a andar.

El cuento de hoy se titula Números. Esos números giran una y otra vez en la mente de un granjero……

Parar, y generar el movimiento.

Un beso, Olga Perona

De entre todos los pueblos que Nasrudin visitó en sus viajes, había uno que era especialmente famoso porque a sus habitantes se les daban muy bien los números. Nasrudín encontró alojamiento en la casa de un granjero.

A la mañana siguiente, se dio cuenta de que el pueblo no tenía pozo. Cada mañana, alguien de cada familia del pueblo cargaba uno o dos burros con garrafas vacías y se iban a un riachuelo que estaba a una hora de camino, llenaban las garrafas y las traían de vuelta al pueblo, lo que les llevaba otra hora más.

- ¿No sería mejor si tuvierais agua en el pueblo?, – preguntó Nasrudin al granjero de la casa en la que se alojaba
- ¡Por supuesto que sería mucho mejor!, – dijo el granjero.
- El agua me cuesta cada día dos horas de trabajo para un burro y un chico que lleva el burro. Eso hace al año mil cuatrocientas sesenta horas, si cuentas tanto las horas del burro como las del chico. Pero si el burro y el chico estuvieran trabajando en el campo todo ese tiempo, yo podría, por ejemplo, plantar todo un campo de calabazas y cosechar cuatrocientas cincuenta y siete calabazas más cada año, que al precio actual alcanzarían para comprar vaca y media.

- Veo que lo tienes todo bien calculado, – dijo Nasrudín admirado.
- ¿Por qué, entonces, no construyes un canal para traer el agua al río?
- ¡Eso no es bien simple!”, – dijo el granjero.
- En el camino hay una colina que deberíamos atravesar. Si pusiera a mi burro y a mi chico a construir un canal en vez de enviarlos por el agua, les llevaría quinientos años si trabajasen dos horas al día. Sólo me quedan otros treinta años más de vida, meses más, meses menos, u otros 6 y 3/4 si dejo el tabaco. Así que me es más barato enviarles por el agua.

- Sí, pero, ¿es que serías tú el único responsable de construir un canal? Sois muchas familias en el pueblo.
- Claro que sí, – dijo el granjero.
- Hay cien familias en el pueblo. Si cada familia enviase cada día dos horas un burro y un chico, el canal estaría hecho en cinco años. Y si trabajasen diez horas al día, estaría acabado un año.
- Entonces, ¿por qué no se lo comentas a tus vecinos y les sugieres que todos juntos construyáis el canal?

- Pues… – prendiendo otro cigarro – … Mira, si yo tengo que hablar de cosas importantes con un vecino, tengo que invitarle a mi casa, ofrecerle té y azúcar, hablar con él del tiempo y de la nueva cosecha, luego de su familia, sus hijos, sus hijas, sus nietos. Después le tengo que dar de comer y después otro té con galletas y él tiene que preguntarme entonces sobre mi granja y sobre mi familia para finalmente llegar con tranquilidad al tema y tratarlo con cautela. Eso lleva un día entero. Como somos cien familias en el pueblo, tendría que hablar con noventa y nueve cabezas de familia. Estarás de acuerdo conmigo que yo no puedo estar noventa y nueve días seguidos discutiendo con los vecinos. Mi granja se vendría abajo. Lo máximo que podría hacer sería invitar a un vecino a mi casa por semana. Como un año tiene sólo cincuenta y dos semanas, eso significa que me llevaría casi dos años hablar con mis vecinos.

- Conociendo a mis vecinos como les conozco, te aseguro que todos estarían de acuerdo con hacer llegar el agua al pueblo, porque todos ellos son buenos con los números. Y como les conozco, te aseguro, cada uno prometería participar si los otros participasen también. Entonces, después de dos años, tendría que volver a empezar otra vez desde el principio, invitándoles de nuevo a mi casa y diciéndoles que todos están dispuestos a participar.

- Vale, – dijo el Nasrudin -, pero entonces en cuatro años estaríais preparados para comenzar el trabajo.
- ¡Y al año siguiente, el canal estaría construido!

- Hay otro problema, – dijo el granjero.
- Estarás de acuerdo conmigo que una vez que el canal esté construido, cualquiera podrá servirse del agua, tanto si ha o no contribuido con su parte de trabajo correspondiente.
- Lo entiendo, – dijo Nasrudín.
- Incluso si quisierais, no podríais vigilar todo el canal.
- Pues no, – dijo el granjero.
- Cualquier avispado que se hubiera librado de trabajar, se beneficiaría de la misma manera que los demás y sin costo alguno.

- Tengo que admitir que tienes razón, – dijo Nasrudín.
- Así que como a cada uno de nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escabullirnos. Un día el burro no tendrá fuerzas, otro día el chico de alguien tendrá tos, otro la mujer de alguien estará enferma, y el niño y el burro tendrán que ir a buscar al médico…
- Como a nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escurrir el bulto. Y como cada uno de nosotros sabe que los demás no harán lo que deben, ninguno mandará a su burro o a su chico a trabajar. Así que la construcción del canal ni siquiera se empezará…

- Tengo que reconocer que tus razones suenan muy convincentes, – dijo Nasrudín

Se quedó pensativo por un momento .. y de repente exclamó:

- conozco un pueblo al otro lado de la montaña que tenía el mismo problema que vosotros tenéis.
- Pero ellos tienen un canal desde hace ya veinte años.
- Efectivamente, – dijo el granjero -, pero a ellos no se les dan bien los números…

Fuente: Números, tradicional Sufi

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Cambiando la luz

Hace unos años que contemplo la llegada del otoño, una época llena de cambios. Cambia la luz y los colores, el aire y la temperatura,….

Será por eso que el día empezó muy gris, podríamos decir casi negro. La elección estaba en mí, ya que podía escoger a qué dedicar el día (primera cosa que agradecer).

Tenía dos opciones: no hacer nada o hacer todo lo previsto.

Empecé el día preparando el desayuno y disfrutando de él y realizando varias tareas pendientes (segunda cosa que agradecer), pero el color gris, casi negro seguía allí a mi lado.

Llegó la hora de ir hacia mi siguiente destino y en cuánto llegué a la parada a coger el trasporte público no tuve que esperar ni tan sólo 1 minuto (tercera cosa a agradecer).

El recorrido fue agradable disfrutando del paisaje (cuarta cosa a agradecer).

Al llegar a mi destino mi color gris ya había perdido parte de su fuerza y aún perdió más ya que me encontré con una amiga que, pensando en mí, había comprado una colección de libros preciosos (quinta cosa a agradecer).

El rato que pasé en ese lugar fue muy agradable e hizo que mi gris fuera cada vez más y más pálido.

Por la tarde, decidí seguir haciendo mis tareas previstas y tras hacer algo de deporte, coincidí con varios amigos que hacía mucho tiempo que no veía y con los que estuvimos charlando y riendo. (sexta cosa a agradecer).

Y cuando regresé a casa el color del día ya no era gris, sino de un blanco radiante que hizo que terminara el día dándome y dando las gracias por haber podido vivir tantas pequeñas cosas que me han hecho tan feliz. ¡Buenas noches!

Como este es un rincón para pensar hoy compartiré con vosotros dos koans (son relatos que utiliza la filosofía zen para impactar a la mente y que ésta tome conciencia ya que hay que trascender al sentido literal de las palabras).

Un beso,

Olga Perona

- Maestro, ¿qué es la verdad?.
– La vida de cada día.
– En la vida de cada día sólo aprecio las cosas corrientes y vulgares de cada día y no veo la verdad por ningún lado.
– Ahí está la diferencia, en que unos la ven y otros no.

 

Un belicoso samurai desafió a un anciano maestro zen a que le explicase qué era el infierno, pero el monje le replicó con cierto desprecio.
– No eres más que un patán y no puedo malgastar mi tiempo contigo.
Al escuchar la respuesta, el samurai, herido en su honor, montó en cólera y con el rostro rojo de ira desenvainó su espada mientras gritaba al anciano.
– Tu impertinencia te costará la vida.
– Eso. Eso mismo es el infierno —replicó entonces el maestro.

El samurai se quedó paralizado con la respuesta y la tranquilidad del anciano y al notar en él su rabia y todo su cuerpo turbado por la ira, se quedó conmovido por la exactitud de las palabras del monje y, como le había hecho ver cómo era el infierno, se postró ante el agradecido.
Entonces, el anciano le dijo.
– ¡Y éso, éso es el cielo!.

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Grandes… y pequeños

¡Los niños son el futuro!

Supongo que muchos de vosotros habéis oído, leído o manifestado alguna vez esta gran frase. Pero, ¿realmente somos conscientes de ello?

En algunos lugares los niños se respetan y se les considera grandes personas; en otros paises se han olvidado por completo de su gran valor y se les explota, se abusa de ellos y una larga lista de tristes actitudes. Y en algunos sitios, creyendo que se les hace un bien se les sobreprotege y se les trata como personitas que no saben hacer, no saben pensar, no saben tal o cúal cosa.

Hay que cuidar y educar a los niños, pero cuidarlos y educarlos desde el respeto de personitas que serán personas. La frase del inicio de este escrito dice son el futuro, ¿y qué futuro queremos?.

Nos quejamos que todo va mal, pues empecemos porque vaya bien desde el principio….

¡¡Cúanto aprenderíamos si en vez de observarlos desde arriba, nos pusiéramos a su altura!!

Si nuestros pequeños son curiosos, son respetuosos, son felices, son cooperadores, se sientes seguros,…, tendremos más posibilidades que gane el respeto, la felicidad, la cooperación, la seguridad que podemos hacer cosas; en vez de las luchas, las depresiones, el individualismo y el yo no puedo.

Es una tarea de todos ya que los niños copian y copian lo que ven en la sociedad, así que tenemos nuestra parte de responsabilidad. Lo fácil, la culpa para los padres y los maestros.

El cuento de hoy tiene muchos mensajes, uno de ellos: Confía, tú SI puedes.

Un beso,

Olga Perona

Su madre se había marchado por la mañana temprano y los había dejado al cuidado de Marina, una joven de dieciocho años a la que a veces contrataba por unas horas para hacerse cargo de ellos.
Desde que el padre había muerto, los tiempos eran demasiado duros como para arriesgar el trabajo faltando cada vez que la abuela se enfermaba o se ausentaba de la ciudad.
Cuando el novio de la jovencita llamó para invitarla a un paseo en su coche nuevo, Marina no dudo demasiado. Después de todo, los niños estaban durmiendo como cada tarde y no se despertarían hasta las cinco.
Apenas escuchó la bocina cogió su bolso y descolgó el teléfono. Tomó la precaución de cerrar la puerta del cuarto y se guardó la llave en el bolsillo. Ella no quería arriesgarse a que Pancho se despertara y bajara las escaleras para buscarla, porque después de todo tenía solo seis años y en un descuido podía tropezar y lastimarse. Además, pensó, si eso sucediera, ¿cómo le explicaría a su madre que el niño no la había encontrado?
Quizás fue un cortocircuito en el televisor encendido o alguna de las luces de la sala, o tal vez una chispa en el hogar de leña; el caso es que cuando las cortinas empezaron a arder el fuego rápidamente alcanzó la escalera de madera que conducía a los dormitorios.
La tos del bebé debido al humo que se filtraba por debajo de la puerta lo despertó. Sin pensar, Pancho salto de la cama y forcejeó con el picaporte para abrir la puerta pero no pudo.
De todos modos, si lo hubiera conseguido, él y su hermanito de meses hubieran sido devorados por las llamas en pocos minutos.
Pancho gritó llamando a Marina, pero nadie contestó su llamada de auxilio. Así que corrió al teléfono que había en el cuarto (él sabia como marcar el número de su mamá) pero no había línea.
Pancho se dio cuenta que debía sacar a su hermanito de allí. Intentó abrir la ventana que daba a la cornisa, pero era imposible para sus pequeñas manos destrabar el seguro y aunque lo hubiera conseguido aun debía soltar la malla de alambre que sus padres habían instalado como protección.
Cuando los bomberos terminaron de apagar el incendio, el tema de conversación de todos era el mismo:
“¿Cómo pudo ese niño tan pequeño romper el vidrio y luego el enrejado con el perchero?
¿Cómo pudo cargar al bebé en la mochila?
¿Cómo pudo caminar por la cornisa con semejante peso y bajar por el árbol?
¿Cómo pudo salvar su vida y la de su hermano?”
El viejo jefe de bomberos, hombre sabio y respetado les dio la respuesta:
-Panchito estaba solo… No tenía a nadie que le dijera que no iba a poder.               (Cuentos para pensar, Jorge Bucay )

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La taza de té (o el principio del vacío)

ordenador¿Qué sucede con nuestro ordenador cuando su disco duro está lleno de información? ¿No es cierto que va muy lento, tanto que incluso llegamos a desesperarnos?

Lo mismo ocurre con nuestro cerebro.  Él está hecho para pensar y para recordar cosas.  El problema es que, igual que el ordenador, mientras tengamos tan solo unas pocas cosas dando vueltas de forma que tenga sus procesos de descanso, trabajará rápido…pero ¡ay! ¿qué ocurre cuando tiene tantísimas cosas que pensar y recordar que apenas pueda parar? pues le ocurrirá exactamente igual que al pc.

Si añadimos además que tan solo puede prestar plena atención a 7 cosas a la vez, podremos llegar a la conclusión fácil que constantemente estamos añadiendo y reañadiendo cosas que no debemos olvidar, con el consiguiente estrés se ello supone.

¿Y qué ocurre cuando quiero añadir algún pensamiento más? pues que es misión imposible, simplemente no queda hueco.  Y aquí es donde se puede activar el principio del vacío para que eso no ocurra.

Es completamente imposible meter una caja más en un almacén que está lleno, de forma que lo que deberemos hacer con nuestro almacén es permitirle una salida constante creando un espacio vacío constante.  Ese vacío será ocupado más adelante por nuevas cajas, pero como que en otro lado del almacén habremos gestionado la salida de otro material, el vacío permanecerá de forma constante.  Así siempre tendrá cabida para nuevas cajas ¿cierto?.  Pues este, ni más ni menos, es el principio del vacío.

¿Y cómo podemos aplicarlo? Mediante un ejercicio simple: hacer un volcado de seguridad (como en los ordenadores) de nuestro propio cerebro. Tan solo os llevará cinco minutos al día y es extremadamente efectivo.

Sentaros con tranquilidad PARAD y PENSAD (lo pongo en mayúsculas porque se nos ha olvidado hacer ambas cosas!!) en todo aquello que debéis hacer o que no queréis olvidar.  Escribidlo en una agenda o libreta (así no se perderá) y fechadlo.  Después agrupadlo por orden de preferencia o prioridad. ¿Fácil no?

Actuando así crearemos sitio para nuevas ideas creativas o acciones que antes no veíamos por el cúmulo de información y es más, seguramente escucharemos más a los que tenemos alrededor y aprenderemos un poquito más (que siempre va bien).  Así que…descartad aquello de “¡no, si ya me acuerdo!”, vaciadlo apuntándolo.  Si no lo hacéis iréis por la vida pensando en lo mismo y a piñón fijo, perdiéndoos toooooooooda la magia que os rodea.

Aquí os dejo una historia zen muy conocida pero no por ello menos aclaradora.  ¡Que la disfrutéis!

Un abrazo,

Diana Llapart

AMTH

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Es conocida la historia de Nan-in, un Maestro japonés que vivió en la era Meiji, y lo que le sucedió con un profesor universitario que fue a visitarlo intrigado por la afluencia de jóvenes que acudían al jardín del Maestro.

Nan-in era admirado por su sabiduría, por su prudencia y por la sencillez de su vida, a pesar de haber sido en su juventud un personaje que había brillado en la Corte. Aceptaba en silencio que algunos se sentaran con él al caer de la tarde, pero no debían importunarlo después de la meditación. Entonces, parecía algo serio y hasta hosco, pero no era más que la necesaria readaptación mientras trabajaba en su jardín, pelaba patatas o remendaba la ropa.

Un prestigioso profesor pidió audiencia con el sabio y se hizo anunciar con antelación haciendo saber que no disponía de mucho tiempo, pues tenía que regresar a sus tareas en la universidad.

Cuando llegó, saludó al Maestro y, sin más preámbulos, le preguntó por el Zen. Nan-in le ofreció el té y se lo sirvió con toda la calma del mundo. Era evidente el nerviosismo del invitado a quien se le acababa la paciencia esperando una respuesta rápida del sabio.

El Mestro continuó vertiendo té en la taza del visitante a pesar de que ésta ya estaba llena, y eso fue la gota que colmaba el vaso para el profesor que dijo mientras veía cómo el té se derramaba por todas partes:

– ¿Pero no se da cuenta de que está completamente llena? ¡Ya no cabe ni una gota más!

– Al igual que esta taza, – respondió Nan-in sin perder la compostura ni abandonar su amable sonrisa -, usted está lleno de sus opiniones. ¿Cómo podría mostrarle lo que es el camino del Zen si primero no vacía su taza?

Airado, el profesor se levantó lanzando la taza contra el suelo y con una mera inclinación de cabeza se despidió sin decir palabra.
Mientras el Maestro recogía los trozos de porcelana y limpiaba el suelo, un joven se acercó para ayudarle.

– Maestro, ¡cuánta suficiencia! Qué difícil debe de ser para los letrados comprender la sencillez del Zen.

– No menos que para muchos jóvenes que llegan cargados de ambición y no se han esforzado por cultivar las disciplinas del estudio. Al menos, los estudiosos ya han hecho una parte del camino y tienen algo de lo que desprenderse.

– ¿Entonces, Maestro, cuál es la actitud correcta?

– No juzgar, escuchar y permanecer atento.

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Nema: el color de la armonía

Tengo una gran amiga que compara cada faceta de su vida con una ficha del Trivial. Puede parecer gracioso pero es un ejemplo muy gráfico.

Siempre dice: “Un quesito es la familia, otro los amigos, otro el trabajo, otro las aficiones,… y hay que intentar buscar el equilibrio en todos”.

Yo añadiría que cuando en una de esas fichas no hay armonía hay que intentar que las otras suplan ese desequilibrio.

Puede pasar que haya momentos de nuestra vida que consigamos una gran estabilidad, otros en que alguna faceta tome una gran importancia, también habrá personas que ocupen varios quesitos o que pasen de uno a otro, incluso habrá etapas en que nos parezca que nuestra ficha del juego está vacía.

El Trivial es un juego de conocimientos de diversas temáticas, igual que nuestro día a día. Es muy importante estar atento y absorver todas las enseñanzas, vengan del color de quesito que vengan; ya que ese aprendizaje nos hará acercarnos a nuestra armonía.

Os he escrito un cuento sobre una niña Nema que tuvo varios maestros de los cúales aprendió muchos conocimientos, pero el mayor aprendizaje lo obtuvo de su actitud del día a día.

Un beso

Olga Perona

Aquella mañana Nema despertó, era su primer día en la escuela y sentía mucha emoción, miedo, curiosidad,…

En la escuela de aquel pequeño pueblo inició sus cursos con dos maestros, ya que en aquel pais se enseñaban dos lenguas distintas y cada maestro era especialista en una de ellas.

Uno de los maestros enseñaba Khaleh, una lengua muy complicada donde cada palabra tenía 2 o 3 significados según el contexto y para formar frases o ideas se necesitaba un gran dominio de la gramática. El otro maestro era especialista en Tashi, una lengua rica en simbología, era sencilla gramaticalmente pero lo más complicado era dominar la interpretación sensorial que requería. Durante los primeros años aprendió ambas lenguas y consiguió una buena base para continuar con sus estudios.

Cuando llegó a los niveles intermedios de la escuela, asignaron al maestro de Khaleh la mayoría de asignaturas que la chica cursaría. Pensó que esto reduciría su posibilidad de continuar aprendiendo la lengua Tashi, pero la escuela lo había decidido así.

Entonces tomó la decisión de poner mucha atención en las pocas horas de clase que le impartiría el maestro de Tashi y así continuar aprendiendo ambas lenguas. Algún que otro curso suspendió esas asignaturas pero no perdió su entusiasmo.

Llegó el día de cursar su último nivel, se dirigía hacia la escuela con la misma emoción que había entrado por la puerta aquella primera mañana de hacía ya varios años. Al llegar al aula encontró un cartel informativo que llamó su atención: “Las autoridades del país habían tomado la decisión que la única lengua que se impartiría en las escuelas fuera el Khaleh”.

Nema, tras años de estudio y dedicación no podía creer lo que leía. Se quedó allí de pie sin moverse, cuando notó que alguien se aproximaba por el pasillo. Al girar sus ojos hacia allí vio al maestro que durante todos aquellos años había impartido Tashi con una expresión que jamás olvidaría.

El maestro se despidió de los que habían sido sus alumnos para partir hacia otro país a continuar enseñando el Tashi, ya que él tenía la firme convicción que su aprendizaje era muy valioso.

Pasó algún tiempo y su camino llevó a Nema a viajar por mil pueblos y ciudades. Y en uno de aquellos viajes se cruzó con su maestro de Tashi de la infancia.

Ambos tuvieron una gran alegría al verse y ella le explicó: “Tuve mucha suerte de aprender Khaleh y Tashi, ya que eso me permitió poder comunicarme con muchas personas de muy diversos lugares. Me entristece ver ahora mi escuela, ver esos niños que no podrán tener la enseñanza que tuve yo”

El maestro contestó con una sonrisa: “Nema, cada cúal elige su camino bajo las circunstancias que le toca vivir. Tú escogiste aprender ambas lenguas, a pesar de las dificultades y el tiempo que esto requería. Jamás diste más importancia a una que a otra, aunque eran polos opuestos, porque consideraste que las 2 eran útiles para tí. Nema, las normas cambían pero lo más importante es la actitud que tomamos ante las enseñanzas que recibimos, recuerda siempre esto”                                                                                       Olga Perona

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¿Parlotear o volar?¿Águila o Pato?

Einstein decía que las grandes crisis son necesarias porque nos hacen más creativos y dejan que nuestra imaginación vuele, de forma que podemos ver otras salidas donde antes no las percibíamos.

Puede que al menos en este momento de crisis, deberíamos aplicar un poquito de esa física cuántica que se llama “dejar la queja, analizar la situación y utilizar la imaginación para una solución viable”.

También existe otra cita de Einstein que dice  si quieres resultados diferentes, haz las cosas de forma diferente, aunque soy consciente que este trocito de “lógica cuántica” nos cuesta un tremendo esfuerzo, eso de cambiar nada y de levantarnos de nuestro cómodo sofá de las costumbres no nos va en absoluto.

Supongo que por eso son tan necesarias las crisis, porque tanto si queremos como si no, nos obligan a levantarnos y buscar nuevos caminos, dado que los viejos no funcionan ya (sobre todo cuando se ha acabado el subsidio de desempleo al cabo de dos años…)

Así que mi propuesta de hoy es primero positivizar (para variar), segundo analizar qué es lo que hacemos reiteradamente y no funciona (a veces nos empecinamos en seguir por un camino estéril que acaba con nuestras fuerzas, nuestro humor y nuestro bolsillo) y como colofón propongo hacer algo diferente y ver resultados, si funciona, afianzarlo y continuar con otro cambio.

Observar, analizar y actuar, no nos queda otra…

Os dejo una historia muy significativa de la cual desconozco el autor, pero que desde luego hace pensar y pensar y volver a pensar…

Un gran abrazo a todos los que nos leéis.

Diana Llapart

Grupo AMTH

Rodrigo estaba haciendo fila para poder ir al aeropuerto.
Cuando un taxista se acercó, lo primero que notó fue que el taxi estaba limpio y brillante. El chofer bien vestido con una camisa blanca, corbata negra y pantalones negros muy bien planchados, el taxista salió del auto, dio la vuelta y le abrió la puerta trasera del taxi.
Le alcanzo un cartón plastificado y le dijo: yo soy Willy, su chofer. Mientras pongo su maleta en el portaequipaje me gustaría que lea mi Misión.
Después de sentarse, Rodrigo leyó la tarjeta: Misión de Willy: “Hacer llegar a mis clientes a su destino final de la manera mas rápida, segura y económica posible, brindándole un ambiente amigable”
Rodrigo quedó impactado. Especialmente cuando se dio cuenta que el interior del taxi estaba igual que el exterior, limpio sin una mancha.
Mientras se acomodaba detrás del volante Willy le dijo, “Le gustaría un café? Tengo unos termos con café regular y descafeinado”. Rodrigo bromeando le dijo: “No, preferiría un refresco” Willy sonrío y dijo: “No hay problema tengo un hielera con refresco de Cola regular y dietética, agua y jugo de naranja”. Casi tartamudeando Rodrigo le dijo: “Tomaré la Cola dietética”
Pasándole su bebida, Willy le dijo, “Si desea usted algo para leer, tengo Etiqueta Negra, Caretas, El Comercio  y Selecciones”
Al comenzar el viaje, Willy le pasó a Rodrigo otro cartón plastificado, “Éstas son las estaciones de radio que tengo y la lista de canciones que tocan, si desea escuchar la radio”
Y como si esto no fuera demasiado, Willy le dijo que tenía el aire acondicionado encendido y preguntó si la temperatura estaba bien para él. Luego le avisó cuál sería la mejor ruta a su destino a esta hora del día.
También le hizo conocer que estaría contento de conversar con él o, si prefería, lo dejaría solo en sus meditaciones.
“Dime Willy, le pregunto asombrado Rodrigo- siempre has atendido a tus clientes así?”
Willy sonrió a través del espejo retrovisor. “No, no siempre. De hecho, solamente los dos últimos años. Mis primero cinco años manejando los gasté la mayor parte del tiempo quejándome igual que el resto de los taxistas. Un día escuché en la radio acerca del Dr. Dyer un “gurú” del desarrollo personal.  El acababa de escribir un libro llamado “Tú lo obtendrás cuando creas en ello”. Dyer decía que si tú te levantas en la mañana esperando tener un mal día, seguro que lo tendrás, muy rara vez no se te cumplirá. El decía: Deja de quejarte. Sé diferente de tu competencia. No seas un pato, sé un águila. Los patos sólo hacen ruido y se quejan, las águilas se elevan por encima del grupo”.
“Esto me llegó aquí, en medio de los ojos”, dijo Willy. “Dyer estaba realmente hablando de mi. Yo estaba todo el tiempo haciendo ruido y quejándome, entonces decidí cambiar mi actitud y ser un águila. Miré alrededor a los otros taxis y sus choferes, los taxis estaban sucios, los choferes no eran amigables y los clientes no estaban contentos. Entonces decidí hacer algunos cambios. Uno a la vez. Cuando mis clientes respondieron bien, hice más cambios”.
“Se nota que los cambios te han pagado”, le dijo Rodrigo.
“Sí, seguro que sí”, le dijo Willy. “Mi primer año de águila dupliqué mis ingresos con respecto al año anterior. Este año posiblemente lo cuadruplique. Usted tuvo suerte de tomar mi taxi hoy. Usualmente ya no estoy en la parada de taxis. Mis clientes hacen reservación a través de mi celular o dejan mensajes en mi contestador. Si yo no puedo servirlos, consigo un amigo taxista águila confiable para que haga el servicio”.

Willy era fenomenal. Estaba haciendo el servicio de una limusina en un taxi normal.
Posiblemente haya contado esta historia a más de cincuenta taxistas, y solamente dos tomaron la idea y la desarrollaron. Cuando voy a sus ciudades, los llamo a ellos. El resto de los taxistas hacen bulla como los patos y me cuentan todas las razones por las que no pueden hacer nada de lo que les sugería.
Willy el taxista, tomó una diferente alternativa :
El decidió dejar de hacer ruido y quejarse como los patos y volar por encima del grupo como las águilas.
No importa si trabajas en una oficina, en mantenimiento, eres maestro, Un servidor publico, político, ejecutivo, empleado o profesionista, ¿Cómo te comportas? ¿Te dedicas a hacer ruido y a quejarte? ¿Te estás elevando por encima de los otros?

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